Dicen (y me halaga) que tengo un
curioso sentido
de la moralidad, y es que para mí algunas cosas están bien y otras no. Y soy muy estricta con ello. Cuando veo una serie también.
Sería fácil señalar, entonces: ¿Por qué siempre has apoyado a personajes como Dexter o House?
Muy fácil: porque para mí lo que hacían estaba bien. Matar a un asesino, a una lacra humana que ha hecho daño a inocentes, puede estar bien visto o no, pero estaremos de acuerdo en afirmar que eso depende del cristal con que se mire. O no lo estaremos. Bueno, con Breaking Bad pasa algo parecido.
Nos encontramos con un hombre, Walter White, que en apariencia vive una vida normal y tranquila. Profesor de química, felizmente casado, con un hijo y esperando otro. Pero desde el primer momento vemos a otro Walter. Un Walter que no está a gusto con su vida, que se siente quizá anulado por su mujer e incómodo ante los alardes de masculinidad de su cuñado que trabaja para la DEA. Todos creen saber quién es
Walt, pero
Walt tiene dudas sobre ello.
El
piloto de la serie es brillante. Desde ese momento sabemos que tenemos un producto muy bueno ante nuestros ojos. Reconozco que lo vi con cierta reticencia poco tiempo después del desastroso final de Dexter y hasta ofendida aún por todos los comentarios que me habían llegado de
loas a esta serie que parecía ser su Némesis.
Una vez más me equivoqué al juzgar.